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Número 3 - Ilusiones

Caminante

por Héctor Becerra
(junio 2003)
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hectorbecerra@palalbedrio.com.ar

Subte "D", estación Olleros vía Florida, el muchacho se desplaza en una silla de ruedas, pasa ágilmente de un vagón a otro, tiene esos guantes sin dedos que usan los atletas discapacitados. Evidentemente él busca dar ese look deportivo: sofisticadas zapatillas negras de cuero, pantalón beige cargo, los que tienen bolsillos en las piernas; camiseta de la devaluada selección argentina de Bielsa y su cabeza rapada que nos proyecta a sus espectadores ante la imagen de la brujita Verón.

Con sus piernas a cuestas recorre cada vagón y demanda las monedas de los solidarios. No necesita contarnos que no consigue trabajo, ni que tiene que alimentar a sus hermanitos, ni que tiene HIV, él apuesta a su imagen. En La rosa púrpura de El Cairo, esa película de Woody Allen, el personaje sale de la cinta y se va con la espectadora que miraba una y otra vez el filme, demostrando así que si los moradores de la realidad necesitamos de la ficción, también es cierto que los personajes necesitan de nosotros.

Nuestro pibe también parece salido de la TV y se nos ha colado en el vagón del subte, es uno de esos muchachos que figuran en la propaganda de T&C Sports jugando al básquet para el equipo de los discapacitados, el team que vence a los profesionales que –inclusive- quedan casi en ridículo.

Van a ser las 13.00 horas y el flujo de pasajeros se ha reducido notablemente porque todos ya están en sus oficinas, en los bancos, o almorzando. Nuestro pibe también siente que la mañana se ha relajado hasta esfumarse y el mediodía impone otros códigos. Por eso el pibe se apoya en sus brazos –para él deben ser como piernas, me imagino- y de la silla de ruedas se pasa al primer lugar del largo asiento que da la espalda a las ventanillas del subte. Pliega la silla junto a la entrada al vagón y comienza a contar las monedas que hace unos instantes nomás acabamos de entregarle.

Saca una cantidad, todas las que su manaza puede acaparar y empieza a separar las de cincuenta y cuenta diez, veinte, treinta tal vez, son quince mangos; las coloca en el bolsillo lateral izquierdo. Luego vienen las de veinticinco que son las plateadas, son un poco más que las otras tal vez cuarenta, diez mangos más. Por último, las de diez, pero ya pierdo la cuenta, ya mi cabeza es un hervidero de ideas. No me equivoqué –pienso- la gente le ha dado mucho más dinero que a las rumanas que trajo Menem, o a los chiquitos que reparten estampitas. ¿Por qué?

En la película The Truman Show de Peter Weir se ha decidido realizar un experimento para entretener mediáticamente a los televidentes, voyeuristas insaciables. Se han dispuesto cinco mil cámaras –a la manera de un panóptico- para transmitir de manera directa, desde su vida intrauterina hasta su monótona cotidianeidad adulta, todos los movimientos de Truman. Los actores asesorados del experimento lo ejecutan profesionalmente. Truman es el protagonista ignorante de un montaje construido en un estudio gigante que representa perfectamente el american way of life.

Truman es una persona real obligada a convivir en un mundo imaginario. Nuestro muchacho es un personaje de ficción metido en el mundo real. Tiene alrededor de treinta pesos en el bolsillo, rescata una coca de litro y medio que tiene debajo de la silla y bebe un largo trago; tal vez esté realizando un brindis silencioso, porque acaba de recaudar casi el mismo dinero que gana el treinta por ciento de la población laboralmente activa de nuestro país.

Una mujer muy hermosa se levanta, se prepara para bajar en Callao y se toma de los pasamanos donde está sentado nuestro muchacho, él le acaricia descaradamente una de sus manos, ella no dice nada; pero, qué podría decir –pienso. Para su auditorio todo tiene un aire casual, ¿estarán dormidos? Cuando la mujer baja él me mira y sonríe, es un ganador. He pasado a ser el observador observado. El muchacho me mira, me estudia, me pregunta la hora. Le muestro mi dedo índice apuntando hacia arriba, no parece darse por contento y me pregunta si es la una en punto, tal vez quiera escuchar mi voz, le contesto que faltan cuatro minutos.

Llegamos a la estación 9 de julio, se bajan casi todos, él se para, ¿cómo puede ser? Sí, se para, camina...; tiene dificultades para caminar, pero camina. Sale del vagón por sus propios medios, saca la silla, la vuelve a abrir y se va empujándola por el andén. No es un lisiado, es un discapacitado motriz; sin embargo, no puedo dejar de mirar azorado.

Cuando Truman decide escapar de su segura, placentera y monótona vida lo hace navegando en un pequeño velero que en determinado momento choca contra el telón del escenario, ha llegado al límite del montaje descubriendo lo ilusorio del mismo. Podemos recurrir aquí a la noción de esfera con su adentro y su afuera. El adentro es el escenario donde Truman ha debido vivir engañado, afuera está la verdad y se accede a ella a través de una puerta que deja atrás el montaje, denunciando justamente su estatuto imaginario.

El adentro y el afuera, lo ilusorio y lo real, lo que se muestra y lo que se esconde. En una época los actores acostumbraban salir por atrás del teatro intentando preservar la disociación que existe entre la persona y el personaje, como para resguardar la ilusión de la obra representada. Que el público no viera que los actores son también simples personas, porque esa visión podía romper el encanto de los personajes. Un muchacho de otra época hubiera esperado a bajar del vagón del subte y en algún asiento de la estación –lejos de la mirada de sus benefactores- se hubiera puesto a contar el dinero, recién allí se hubiera puesto de pié para salir caminando lo más campante.

¿Qué nos evidencia la conducta de nuestro muchacho? En los ’60 aspiramos a una sociedad menos autoritaria, menos hipócrita. En esos años se produjo una imprevista confluencia cultural que se plasmó en un movimiento denominado underground. Este movimiento no se regía por argumentaciones, sino que se evidenciaba a través de experiencias que ponían énfasis en la música rock, las drogas –principalmente la marihuana y los alucinógenos y la convivencia en el seno de lo que se denominó comunidades. En los ’60 pretendíamos una sociedad menos hipócrita y terminamos en el cinismo. Hoy no existe la necesidad de esconderse, de avergonzarse, porque hay una sola realidad, que no se disimula, no se oculta, no se maquilla. "Bienvenidos al desierto de lo Real" le dice Morpheus -el líder de la resistencia- a Neo -el elegido, en el filme Matrix.

Nuestro muchacho nos hizo creer que no era real, que era un personaje que podía hacernos participar con él del ilusorio mundo de la tele. Nos hizo creer –también- que necesitaba moverse en la silla de ruedas. Pero la función ya ha terminado y él no parece tener reparos en mostrar que lo suyo es también una representación puesta a punto en el set de un vagón del subte y en un momento es posible bajarse del escenario y poner en evidencia el engaño. Nuestro muchacho nos ha estafado, pero como en todo timo, no es posible que el estafador logre su cometido, sino es apelando a lo peor de cada uno de nosotros.

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