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N° 1 - La guerra imperialista

Car(a)melito en barra

por Juan Besse
(mayo 2003)
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El caso García Belsunce ha determinado nuevamente que las urbanizaciones cerradas fueran objeto de operaciones de montaje televisivo. En este caso un country de alta sociedad como Carmel daba lugar a una cantidad de imágenes recurrentes en la pantalla. La vista aérea de la mansión actualizaba la percepción de la Argentina fortificada que se derrapó durante las dos últimas décadas en torno de sus grandes ciudades.

Antes del acontecimiento siniestro esas casas y sus bosques recortados sobre el cielo líquido, ya nos miraban desde los tiempos en que el adentro y el afuera eran una marca topográfica que dividía dos mundos, en apariencia, inconmensurables. Para algunos analistas de los procesos de reestructuración urbana y de sus consecuencias socioculturales, los que pernoctan adentro de lo countries son, sin metáfora, los que ganaron. Y sin duda muchos ganaron. Lo que habría que pensar es de qué ganancia se trata.

Entre los elementos que ayudan a construir las hipótesis que quieren arrojar luz sobre los móviles del crimen está la hez de la última década. Asociaciones con el Banco General de Negocios, mesas de dinero, asesorías para la fuga de capitales, hacen del caso un mojón de la trama negra de esa Argentina que se empezó a resquebrajar en las postrimerías del menemismo. Un principio para abordar las cosas en serio es hacerlo en serie. La serie está todavía desordenada. Los apellidos ilustres, los académicos irreprochables del Derecho, los periodistas con sesgos intelectuales se mezclan con la crema y nata de la corrupción político financiera, los intentos de privatización del hospital de Pilar y los Missing Children’s. Una cuerda mediática tensa la imagen de la muerta y su familia, en un arco que va del compromiso social al compromiso con la ilegalidad.

La producción del archipiélago de las urbanizaciones cerradas ancló su éxito en el mercado inmobiliario a través de la delgada línea, hoy amarilla, entre lo que excluía y lo que incluía. Hoy, el paisaje domesticado, las sendas seguras, el ruido de los árboles, el olor del césped húmedo, el discreto encanto de los habitantes, todo, se ha vuelto un regalo de caca.

Vecinos sospechados, vigilados, sometidos a pruebas dactiloscópicas, extracciones de sangre, sobrevolados por los helicópteros, generan una atmósfera de barraca. ¿Hasta dónde llegaría la sospecha si la víctima hubiera sido una vecina de la avenida Del Libertador? Y así, como si asistiéramos a la reedición del más puro imaginario etnográfico de exportación parece ser que quien ve un indígena ve a todos y en consecuencia los residentes del Carmel son homogeneizados, inventados como grupo, de un modo que ruborizaría a los más caros ideales comunitaristas que quienes optaron por esa modalidad habitacional pudieron soñar alguna vez.

Podríamos decir que una de las lógicas que guía el consumo inmobiliario de este tipo de viviendas es el consumo del otro excluido. Claro está, la operación no es simple y la perspectiva -ya no topográfica- sino topológica nos indica que -por esas vueltas del sujeto y el objeto de consumo- terminamos siendo excluidos en el interior e incluidos en el exterior.

A diferencia de otros crímenes privados, las cámaras no pueden husmear el interior silente de la vivienda, la luz que deja entrever la textura de la cortina descorrida, el obsceno brillo del picaporte o del portero eléctrico. Dos escasas tomas se repiten: la vista área de la casa y las colas de las 4x4 o las ambulancias estacionadas en el portal de ingreso. Pero demos un rodeo. Según Slavoj Zizek el montaje de Hitchcock eleva un objeto banal al estatuto de Cosa sublime. La manipulación puramente formal que efectuaba el maestro del suspenso en el montaje, logra rodear como un objeto cotidiano como la casa o la piscina con un halo de desasosiego cuando no de angustia. De modo tal que en la economía del montaje hitchcockiano hay dos visiones que están permitidas y dos que están prohibidas. Se permite la toma objetiva de la persona que se acerca a una cosa y la toma subjetiva que presenta la cosa tal como la persona la ve. Se prohibe tomar objetivamente la cosa siniestra y, más aún, la toma subjetiva de la persona que se acerca desde la perspectiva de la cosa.

El montaje hace ocupar al espectador el lugar del sujeto que ve la casa. La toma del lugar del crimen desde la visión del espectador que la asume como un lugar a desentrañar. La supuesta demanda social de transparencia que encarnan muchos discursos televisivos quiere traspasar el cerco y abrir la casa, pero no a la mera manera de una cierta cultura del vidrio como la que soñaran los arquitectos modernos, haciendo del vidrio un instrumento de expresión del interior y de manifestación del secreto con el fin de que se tornen soñadas, llenas de luz -afrenta a la distinción público / privado- como las que nos muestran las revistas de decoración, sino de un modo más político. Algo así como escarbar la mugre que oculta el contubernio oligárquico entre el capital financiero y la depredación del país. Sin embargo las operaciones de montaje no parecen responder a empresas libertarias sino más bien a intereses vinculados a la autorreferencialidad del campo televisivo, a estrategias políticas de descompresión social (los ricos también lloran y se matan entre ellos) o a ambas. Por supuesto hay excepciones pero son las menos.

La producción del paisaje de las Little England y Petite France que llevan a cabo las empresas desarrolladoras de countries, barrios privados y la más atrevida denominación de pueblos privados es como en la pintura un espacio pacificado. Jacques Lis y Francois Cheng en una revisión de la teoría estética, que todavía no ha sido debidamente auscultada por la teoría sociológica, revisan a la luz de coincidencias con el psicoanálisis la relación entre el cuadro y lo que se encuentra fuera-de-campo. Para Cheng se trata entonces de "lo que está contenido en el paisaje y lo que lo desborda, lo que es visto y lo que da infinitamente a ver". En la narrativa visual de estos sucesos sólo se cuenta con un escenario: la casa -por cierto accesible sólo desde la fachada- dentro de otro escenario, el country. Frente a la ausencia de pruebas, los hipotéticos sucesos son narrados mediante una serie de argumentos que suelen estar desacompasados de las imágenes. Estas últimas, cuando no se trata de reportajes, son imágenes seriales, en off, de la víctima, la casa, el country.

La cuestión del crimen excede estas notas. Se trata de pensar entonces qué devela el imaginario sobre countries y barrios privados y cómo lo hace. En la casona tras el cerco algo quiso ser ocultado. La opacidad del accionar familiar se ve reforzada por la cosa inenarrable que empaña el islote Carmel. Son tiempos en los que se cree fácil justificar lo injustificable. Y más allá de los dilemas morales y las faltas éticas que envuelven a familias de prosapia, funerarias con trayectoria de estilo, a las funciones de la magistratura y a las propias estrategias de información periodística, algo más pulsa como el barro que amenaza el pacífico césped en el límite de las urbanizaciones cerradas.

La barra de amigos -algunos de probada elocuencia-, funcionarios judiciales, policiales, prestadores de servicios que visitó el Carmel en esas horas desesperadas de octubre, muestra signos de afasia y según tengo entendido en algunos distritos la normativa municipal no permite construir muros en el trazado perimetral de los countries sino un cerco vivo.

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