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Número 3 - Ilusiones

Ideas, letras, artes en la crisis de los '70

por Héctor Becerra
(junio 2003)
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hectorbecerra@palalbedrio.com.ar

En mayo de 1973 ganó la calle una revista de cultura. Decían que Ernesto Sábato le había puesto el nombre y que Abel Posse, Ernesto Epstein, Jorge Romero Brest, Roger Pla, Víctor Massuh y Ricardo Molinari constituyeron el grupo inicial. Federico Fogelius fue el director ejecutivo y Eduardo Galeano el editorial, Julia Constenla se desempeñó en la secretaría de redacción, luego se sumaron a ella Juan Gelman y Aníbal Ford.

En la tapa de su primer número convivían entre otros -a la manera de un oxímoron- los nombres de Ernesto Sábato, Juan Perón, Henry Miller, David Viñas, Lenin, Pablo Picasso, Pablo Neruda, Jorge Romero Brest, etc. Crisis mar-caba desde su primer número, de una manera muy acentuada, las características de su apuesta: una publicación cultural que no renegaba de la política.

Participaron en ella Alfonso Alcalde, Fernando Alonso, Mario Benedetti, Herman Mario Cueva, Fermín Chávez, Rogelio García Lupo, María Ester Gilio, Santiago Kovadloff, Marcelo Pichón Riviére, Heriberto Muraro, Hermenegildo Sábat, Luis Sabini Fernández, Eduardo Ruccio Sarlanga, Paco Urondo, Carlos Villar Araujo.

La revista se organizaba en torno a dos géne-ros: la entrevista y el ensayo. Con respecto a la primera han resultado memorables las de Fernando Solanas y Octavio Getino a Juan Domingo Perón (Nº 1, MAY / 73) de Alberto Car-bone a Julio Cortázar (Nº 2, JUN / 73), de Marcelo Pichón Ri-viére a Adolfo Bioy Casares (Nº 9, ENE / 74), de María Ester Gilio a Jorge Luis Borges (Nº 13, JUN / 74), la de periodistas argentinos a Fidel Castro [La misión Gelbard] (Nº 14, JUL / 74 y 15, AGO / 74) de María Ester Gilio a Aníbal Troilo (Nº 17, SET / 74) de Ernesto González Bermejo a Carlos Saura y Geraldine Chaplin (Nº 23, MAR / 75). En todas ellas es evi-dente que historia, cultura y sociedad se corresponden como estructuras vitales de una identidad que se reconoce a sí misma, se objetiva y se transforma en hechos materiales y espirituales.

El poder político represivo que encarna la ideología y la praxis de la dominación y la dependencia impide o de-forma el brote de una identidad que tiende esencialmente a su liberación. De este poder represivo hablan con trágica elocuencia los hechos de la historia latinoamericana más reciente. Del poder cultural se habla menos. No pasa de ser un tópico más o menos inofensivo en los recuentos estadísticos, en los estudios económicos o de sociología de la cultura, si bien uno y otro poder se hallan vinculados ma-terial e ideológicamente y justamente el testimonio de los entrevistados tiende a ponerlo de manifiesto. Crisis se proponía reflexionar críticamente sobre la ideología y la práctica del poder cultural, sobre sus efectos trastornados en la producción creativa de textos convertidos en objeto de mercado y sobre la actividad no menos creativa de la lectura; vale decir, sobre la naturaleza misma del acto de leer y escribir, las dos operaciones inaugurales de nuestra cultura.

Si reparamos en el ensayo nos encontramos con: El texto que usted escribe debe darme la prueba de que me desea, por Roland Barthes (Nº 6, OCT / 73); o La literatura y el arte de escribir, por Ernest Hemingway (Nº 15, AGO / 74); o Pessoa y la crisis del individualismo. Proposiciones para un decá-logo del novelista, por Carlos Martínez Moreno (Nº 35, MAR / 76); que son estudios clásicos y que van dando lugar a otros como: Marti, la cultura americana y la revolución, por Ezequiel Martínez Estrada (Nº 5, SET / 73); Somos una minoría letrada, por Oscar Collazos (Nº 5, (SET / 73); Entre el Kechwa y el castellano. La angustia del mestizo, por José María Arguedas (Nº 10, FEB / 74); Tolstoi como pensador so-cial, por Rosa Luxemburgo (Nº 14, JUL / 74); La cultura del papel en peligro. Argentina: se acabó la discusión, pero no todo está claro, por Carlos Villar Araujo (Nº 19, NOV / 74); entretejen una red de restricciones, perturbaciones e in-terferencias provocadas por un poder que ha agravado los problemas de lo que Augusto Roa Bastos solía denominar comunicación desequilibrada -otro signo de nuestra dependen-cia cultural.

En consecuencia, los escritos plantean –en primer lugar- un enfoque de carácter general sobre la problemática específica de la producción de textos desde el punto de vista político. En segundo lugar ensayan registrar los efectos perturbadores que el poder cultural, adueñado de la industria editorial, produce en el campo de los modos de producción y en el de la creatividad científica y lite-raria. Esta comunicación desequilibrada, que desde el co-mienzo mismo del período llamado independiente adolecía ya de conflictos y dificultades de todo orden, no ha hecho más que agudizarse en la mayor parte de nuestros países y Cri-sis aparecía dispuesta no sólo a brindar testimonio; sino, inclusive, a intervenir en su modificación.

Por otra parte, informes como: La manija. ¿Quiénes son los dueños de los medios de comunicación en América La-tina?, por Heriberto Muraro (Nº 1, MAY / 73); La manija (II). Los dueños de la televisión argentina, por Heriberto Muraro (Nº 2, JUN / 73); La manija (III). El negocio de la publicidad en la televisión argentina, por Heriberto Muraro (Nº 3, JUL / 73); ¿Se enseña en la Argentina la historia real del país? por Inés Pratt (recopiladora) (Nº 8, DIC / 73); Jacobo Fijman. Un símbolo del oprimido, por Vicente Zito Lema (Nº 11, MAR / 74); Los desterrados. Informe sobre la inmigración en La Argentina 1 y 2. por María Ester Gilio (Nº 18, OCT / 74 y Nº 19, NOV / 74); Informe sobre la salud de los trabajadores ar-gentinos, por Vicente Zito Lema (Nº 36, ABR / 76); intentan establecer una complicidad con el lector, para persuadir, para convencer. Los ensayos se estructuran sobre la base de las antinomias propias de los '70: civilización o barbarie, liberación o dependencia, etc. El desarrollo de los trabajos escenifica esas dos opciones que se excluyen mutuamente y las claves interpretativas apuntan al cuestionamiento, a la ruptura y al desprendimiento de lo viejo en haras de lo nuevo.

En su primer año de vida, Crisis llegó a tirar veinti-cinco mil ejemplares, y un año más tarde duplicó ese número, poniendo al rojo vivo aquel debate de los intelectua-les acerca de la escritura y la lectura, dos viejas cues-tiones que sólo tienen respuesta en la práctica del len-guaje entendido como trabajo de cambio. Crisis puso en evi-dencia que un texto, para el caso una revista, sólo empieza a serlo cuando alguien lo lee, que es cuando comienza la aventura de los sentidos, de las significaciones, de las realidades aludidas. Escribir y leer, leer y escribir. No se trata, entonces, de convertir la realidad en palabras; sino, de instaurar una palabra –un significante diría Lacan- para que se haga realidad.

Por otra parte la revista pudo dar respuesta a las nece-sidades de un público que iba incorporando nuevos hábitos de lectura en un momento en que editoriales como Eudeba y Centro Editor de América Latina distribuían en quioscos sus ediciones populares sobre arte, literatura, historia y economía. En este sentido, Crisis marcó una tendencia tan fuerte que, desde Primera Plana en adelante, los semanarios de actualidad no pudieron dejar de ofrecer en sus páginas críticas de libros, de cine y ensayos científicos y litera-rios. En agosto de 1976 salió su ultimo número. Muchos años después la impronta dejada por la publicación fue motivo de una nueva experiencia, pero esa ya fue otra historia.-

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