Ir a la página principal de Palalbedrio
Número 4 - La protesta

Mucha gente, todo un éxito

por Paola Valderrama
(diciembre 2003)
Haga click aquí para imprimir este artículo

En su artículo sobre profetas y peregrinos, publicado en el número 10 de la revista "Ñ", Germán García la emprende contra "el cholulismo intelectual de los argentinos" (según el copete de la editorial) que "esperan que su ser sea revelado por los sucesivos viajeros" (según G. García). Quisiera hacer dos comentarios al respecto

De Evita a Hermione Granger

Si se me permite cierto reduccionismo a los efectos del debate, podríamos decir que G. García es una clara expresión de lo que se suele denominar como "nacional y popular" en el campo la cultura y la política, es decir, esa nebulosa que siempre gira en torno a ese centro tan ambiguo e impreciso llamado peronismo.

G. García no hace mas que llevar al plano mas general de la universalidad y la razón el mismo rechazo que clásicamente los descamisados sentían por los gustos y costumbres extranjerizantes de las clases dominantes. El problema es que en este traspasamientos de planos se ha perdido la única virtud que podía tener aquél sentimiento descamisado, el de ser una expresión de la lucha de clases. En la asepsia del debate intelectual, la critica al cholulismo parece reducirse a una queja histérica por la impotencia que demostrarían los extranjeros para dar cuenta de la inefable esencia de nuestro ser, pero volcada hacia el mundo intelectual, es decir, los peregrinos, por no darse cuenta de esto e insistir con su pregunta. Algo así como la queja de Hermione Granger respecto de las chicas que perseguían a Krum, en "Harry Potter y el cáliz de fuego".

Claro que, finalmente, así como es con Krum con quien Hermione termina asistiendo al baile, y es con el FMI y las clases dominantes con quien siempre termina gobernando el peronismo, no es de extrañar que sea como representante de una de las dos grandes multinacionales del psicoanálisis (la franco-lacaniana de Miller) que hace sus negocios G. García.

En suma, lo que cabría destacar es que ni Macedonio Fernández ni los demás pensadores "nacionales" a los que apela G. García parecen haber podido resolver lo que no habrían resuelto los extranjeros, de la misma manera que no parece que existiera alguna burguesía "nacional" capaz de lograr, con un desarrollo económico "nacional", superar las penurias y la catástrofe social a las que nos condena el modo de producción capitalista. Esta falsa oposición entre lo nacional y lo extranjero es la que quizás oculta el núcleo de verdad que no obstante hay, a mi entender, en la queja de G. García, expresada en el final de su artículo donde dice: "las veces que pedí un mínimo resumen de lo que alguien había dicho, se me respondió que había mucha gente, y que había sido un éxito".

De Zizek a los piqueteros

Si se me permite un sarcasmo, podría decir que suelo escuchar la misma respuesta cuando le pregunto a mis amigos de la EOL sobre qué se dijo en tal o cual de sus eventos.
Claro que el problema es mas de fondo. Mucho me temo que esta sustitución del "mucha gente, un éxito " a "lo que se dijo" tenga un carácter mucho mas universal y responda a una cuestión mucho mas estructural.

Esa sustitución no es mas que una de las formas que toma la degradación general del decir. Degradación que, paradójicamente, parte de un supuesto respeto por la enunciación y por las diferencias. El relativismo absoluto de esta ideología multiculturalista es lo que, justamente, critica Zlavoj Zizek - uno de los extranjeros rechazados por G. García - en el reportaje que le hicieron en el número 9 de la revista "Ñ ", cuando dice que "muchos izquierdistas, bajo la influencia del postmodernismo, piensan que estos valores – multiplicidad, libertad para elegir y reinventarnos a nosotros mismos – constituyen actitudes subversivas y revolucionarias, como si el poder defendiera aún valores conservadores". A modo de ejemplo, hace algunas semanas se comentaba en los noticieros la presencia de una "artista" de no se donde cuya "obra" consistía en el surco que producía en una pared con la ayuda de una perforadora común. Y como ya no hay nadie para decir que eso es una porquería o una estupidez (lo cual permitiría darle a ese surco al menos un estatuto subversivo), y todo lo que se puede decir es "a mi me gusta" o "a mi no me gusta", todo se diluye en un relativismo sin límites. Es lógico que en ese contexto no tenga ninguna importancia lo que se haya dicho o hecho en algún evento, puesto que no será mas que una opinión mas en el mar de las opiniones, puesto que no tendrá mas valor que lo que se diga un segundo después, o lo que se diga en otro segundo después, como en los noticieros televisivos, donde pasamos del remate de la casa de una jubilada ahogada por la usura al gol de Uzbekistan contra Egipto, y luego, de la devaluación del dólar ante el euro al recital de Luis Miguel en Córdoba, y así sucesivamente, en una deriva sin fin. ¿Como sorprendernos que lo único que importe entonces es si hubo mucha gente, como condición del éxito? De última, ¿no es ese el paradigma del capitalismo? No importa lo que se vende, lo importante es que se venda.

Ahora bien, si, como dice Zizek, "todos esos valores posmodernos son los de la ideología dominante", me parece que ello se debe a la función política que tiene ese "cualquier cosa vale cualquier otra", en particular, la descalificación de cualquier expresión subjetiva particular que pudiera reclamar carácter universal, y en tanto tal, voluntad y derecho para pretender realizar una transformación de la sociedad , es decir, para valer mas que otra. Cualquier voz que pretenda algo así, en este contexto, será acusada de autoritaria y conminada a adecuarse a la formalidad del respeto de los "derechos" de los demás, como si hubiera un campo jurídico y universal donde la equidad de dichos "derechos" pudiera realizarse. Pero esta ilusión solo sirve para reforzar el ocultamiento de la función política del Estado y de cualquier legalidad en tanto instrumento de la dictadura de una clase social sobre el conjunto de la sociedad, es decir, según corresponde a la situación actual, en tanto instrumento para el ejercicio del poder por parte del FMI, los bancos y los grandes grupos económicos, cuestión que se materializa en el pago de la deuda externa, la fuga de capitales, la imposición de salarios de hambre, el remate de los deudores hipotecados, la apropiación de los recursos económicos del país, etc., etc..

El "cualquier cosa vale cualquier otra" es el correlato de la ilusión de un punto universal y neutro desde donde escuchar y actuar. Pero la sociedad está desgarrada por contradicciones profundas y por enfrentamientos entre bandos irreconciliables. Como dice Zizek en "El espinoso sujeto", "aceptar la necesidad de ‘tomar partido’ es el único modo de ser efectivamente universal".

En ese sentido, y en momentos en que los medios de comunicación insisten en condenar a los piqueteros como aquellos que encarnarían el punto de ruptura de la paz social, me animaría a señalar que el punto de cambio y viraje que ha significado el argentinazo de diciembre del 2001 no ha sido cerrado y que un signo político y cultural fundamental de ello es que desde entonces, la Plaza de Mayo ha dejado de ser la plaza de los peronistas y ha pasado a ser la plaza de los Piqueteros, como seguramente lo volverán a demostrar este nuevo 20 de diciembre reuniendo allí a las miles de voces que han tomado partido por la revolución social.

Seguramente habrá allí mucha gente, y quizás sea un éxito, pero no por la mera cantidad sino por la consistencia que aporte esa mucha gente a lo que ahí se diga y se haga.

Haga click aquí para imprimir este artículo

Volver al sumario del cuarto número de Palalbedrio

Ir a la página principal de Contemporánea