A
75 años de su nacimiento
Etica y coherencia en Ernesto Guevara
por
Vicente Zito Lema
(mayo 2003) ![]()
Durante la década del sesenta se discutió arduamente sobre las tácticas y estrategias que proponía Ernesto Guevara para transformar, especialmente, las sociedades del Tercer Mundo. Aún perduran los ecos del debate. Todavía está fresco el púrpura de las heridas.
En el escenario de los grandes sueños y las puras ideas también hubo dolor, tufo de muertos. Sin embargo, nunca se puso en duda al menos desde una buena fe que incluye a parte de sus enemigos- la coherencia con que Guevara unió su práctica de vida al discurso que profesaba, en un marco de heroísmo y rigor intelectual.
Ser coherente, paradigma fundante de un nuevo consenso moral; una demanda profunda que en Guevara fue deseo y materi alidad consumada día a día, hasta convertirse en totalidad histórica.
La coherencia como hilo conductor de su presencia en un teatro que péndula entre marionetas y sombras. Invitado, por la ley que instituye el miedo, a representar su rol en el escenario perverso de la política tradicional, Guevara desgarra el telón y arranca las máscaras para desnudar la tragedia en su dimensión original.
Habrá una impugnación de lo real y lo posible, allí donde la vida se fetechizó hasta el hartazgo. Y frente a la obligación dada como condición de subsistencia: repetir perpetuamente el presente hasta agotar la capacidad simbólica y el deseo primigeneo de el otro en mí, Guevara se lanza sin paracaídas en el vacío para redimir los códigos de la poesía. Saca los sueños del hielo e instala, y legitima para toda una generación, las aceleraciones del futuro.
Son aceleraciones de lisa y llana trasgresión; se trata de jugar la partida sin guiños ni trampas al tono.
Habrá que escuchar el discurso que escribe con su cuerpo un hombre cabal hasta marcar a fuego el espíritu de su época.
Discurso de acción, con un estilo que deviene en estética; veraz instrumento de conocimiento y construcción social que reclama, como principio ético, el acompañamiento de cada palabra con el hueso. Es así como Guevara abre las puertas del relato que clausuró el poder y las traspasa con aire fresco. Un discurso poniendo proa a su destino, gestando una epopeya que desafía a la muerte para que la propia vida consumada tenga sentido, conmoviendo las conciencias.
Un transito, aún con pasos breves, para reafirmarse en la obstinada esperanza que funda la vida: cambiar el mundo y construir el Hombre Nuevo.
A la hechura de Ernesto Guevara y de toda aquél que en medio de su combate diario, movido por la necesidad y el deseo, supera la eterna fragilidad humana y se anima, pese a todo, a mirar el cielo.
Buenos Aires, mayo de 2003