Las manos de Arshile Gorki y las manos de Elena
por
Laura Salinas y Juan Besse
(julio 2003) ![]()
Si el crimen no se escribió, se repite cada vez, en su insistencia de empezar a ser escrito.
El monte Ararat y el desierto armenio emergen como los verdaderos pero impotentes testigos para contar la verdad del genocidio que Adolf Hitler emuló como técnica. El 22 de agosto de 1939, a nueve días de invadir Polonia, en una arenga a la Wehrmacht los interpelaba con una pregunta que, aún hoy, parece inaudita: "Después de todo, ¿quién habla hoy de la destrucción de los armenios?".1 Diversas fuentes señalan que Hitler se encontraba impresionado por el hecho de que el delito de genocidio cometido contra la población armenia hubiera quedado impune y, aún más, relegado, sin inscripción en la memoria oficial.2
En el 2002, Raffi, un adolescente canadiense, busca en tierras armenias sin saber lo que encuentra. Al reingresar a su país es interrogado por un adiestrado agente de aduanas con relación a unas latas de cinta cinematográfica que se vuelven sospechosas de portar heroína.
Su padre, militante armenio, murió años atrás en un intento de atentado a un diplomático turco. En el aeropuerto de Toronto a través del sistema informático, el mundo globalizado le recuerda el título de algo que siempre le ha resultado ajeno y sin sentido: "sos hijo de un terrorista".
Si las latas se abren por lo que contienen, la pérdida para él sería muy alta. Así es como el aduanero seguirá con paciencia y rigurosidad el relato de la historia de su búsqueda en Armenia: un genocidio que no figura en la historia oficial de Turquía; un filme que se rueda en Canadá sobre ese genocidio para el que Raffi dice traer esas películas.
Hay otra escena que no será narrada al aduanero. Ani su madre, es asesora histórica del film por ser estudiosa de la obra del artista armenio Arshile Gorki, un pintor que sobrevivió a la matanza; Cecilia, su novia y hermanastra, acusa a Ani (su suegra y madrastra) de escindir la obra del artista de la singularidad de su vida expresada a través de ella; la persigue en sus conferencias, la increpa, denunciando su cobardía para hipotetizar el suicidio de Gorki. Cecilia insiste que en el retrato -que evoca un día plácido en la aldea de Val- las manos de la madre no quedaron inconclusas, sino que fueron deliberadamente borradas antes del suicidio; la denuncia también por su cobardía para aceptar el suicidio de su esposo (padre de Cecilia) cuando ella decidió dejarlo.
Por la indiferencia ante sus denuncias, Cecilia intenta apuñalar ese autorretrato de Gorki junto a su madre, que espera el sentido venido del futuro en una exposición de Toronto.
El aduanero sigue escuchando y sigue preguntando. Mira el monte Ararat, los bajorrelieves de los templos cristianos, el desierto: todo en el pequeño recuadro de la filmadora. Pero hay una verdad que no termina de aparecer y las coartadas acerca del destino de las latas se quiebran con un llamado telefónico a la madre: la película ya se estrenó, nadie financia esa búsqueda.
El oficial de aduana descubre lo que desde el principio sabía que contenían las latas de celuloide; pero al dejarlo ir, no perdona el crimen de Raffi, sino que lo desrealiza.3 En tanto no puede dejar de escuchar la verdad que la mentira dice, considera caduco el intento de su realización. ¿Para qué el castigo de la cárcel por un crimen que no termina de existir?
Lejos de exculpar al novato narcotraficante, el aduanero lo ha interpretado con la lectura de la verdad de su quebranto. Allí donde la transgresión consuma un delito, el efecto de lectura materializa por añadidura el llamado a una ética del desolvido4 reafiliando a Raffi en la transmisión de una memoria, junto a aquella de su padre que le era ajena. Sólo se puede olvidar luego de haber recordado.
Mes de mayo en Buenos Aires. Ararat 5 en las salas de cine y una papanata que parlotea acerca de una guerra civil; de que sólo se trató de 244 desaparecidos; de la falta de pruebas sobre robo de bebés; de mujeres guerrilleras usando a sus hijos como escudos. Una papanata que pone las manos en el fuego por Videla.
Las manos faltantes de la madre de Gorki y su suicidio parecen querer pagar por un crimen del que se siente cómplice sólo por haber sobrevivido.
Como en La escritura o la vida de Jorge Semprún, Gorki tardó más de una década en terminar el lienzo. En el cuadro de Arshile Gorki, el lugar de las manos de la madre está ocupado por unas manchas que no logran descansar, como las de la reminiscencia de esa tarde de sol, plegadas sobre la falda y capturadas por otra cámara. En la ficción de Ararat, Gorki las pinta una y otra vez, para al fin borrarlas, como si se tratara de una escritura siempre inacabada. Y no es que no pueda decirlas o pintarlas, sólo es que la distancia entre esas manos y su presente traen el espesor de un tiempo invivible.
En cambio las manos de esa papanata siguen torturando, robando bebés, tirando personas desde los aviones, haciéndonos volver a escribir lo que parece que aún no ha sido escrito.-
Notas y bibliografía
1. "Wer redet heute noch von der Vernichtung der Armenier".
2. Dadrian, Vahakn N. (2001) Los factores comunes en dos genocidios descomunales. Una reseña de los casos armenio y judío. En Índice, Revista de Ciencias Sociales, Año 35, N° 21, DAIA / CES, pp.17-93.
3. Lacan, J. y M. Cenac (1950) Introducción teórica a las funciones del psicoanálisis en criminología. En Escritos 1, Editorial Siglo XXI, 1984.
4. Milner, J.C. (1988) El material del olvido. En AAVV Usos del olvido, Ediciones Nueva Visión, Buenos Aires, 1998.
5. Ararat. Un film de Atom Egoyan.