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N° 1 - La guerra imperialista

Un mundo unipolar

por Héctor Becerra
(abril 2003)
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hectorbecerra@palalbedrio.com.ar

En noviembre de 1989 dos millones de alemanes orientales entraron subrepticiamente en Berlín oeste ante la mirada distraída o cómplice de los guardianes del muro, fue la antesala de su derrumbe, porque los cientos de miles de habitantes que habían tenido que padecer esa siniestra herida en la faz de su ciudad se hallaron de pronto con sus mazas, sus cortafierros y sus picos dispuestos a cicatrizarla.

La caída del muro de Berlín fue la retrospectiva del destino del bloque socialista. La guerra fría llegaba a su fin, los norteamericanos y el capitalismo habían triunfado. La creencia en la evolución de la historia y en el progreso de la ciencia nos hizo suponer que sin ese encarnizado antagonismo entre la Unión Soviética y los Estados Unidos le iba a deparar al mundo un futuro un poco más sosegado.

Lamentablemente, no fue ese mundo el que nos tocó vivir. A raíz de los atentados a las torres gemelas José Pablo Feinmann decía en La guerra de los mundos, un ensayo aparecido en el suplemento Radar de Página / 12 el 1° de octubre de 2001, que "la posguerra fría se caracterizó por la violenta imposición de un discurso único, triunfante, devastador e irrefutable: el discurso del liberalismo de mercado que sofocó las diferencias, las culturas alternativas, los estados nacionales y las identidades".

¿Por qué se habló en su momento de "guerra fría"? Es importante interrogar el concepto ya que de esta manera tal vez podamos llegar a entender por qué en la actualidad nos dicen que el mundo está nuevamente en guerra. Es imprescindible interrogar la idea en la medida que el sustantivo " guerra" agota su significado y reclama de la adjetivación –"fría"- alguna significación adicional.

La noción de guerra alude a un concepto jurídico que hace referencia al conflicto armado entre dos estados beligerantes, el uno contra el otro y que tiene como finalidad hacer valer un determinado objetivo utilizando medios que el Derecho internacional público reconoce y regula a través del denominado Derecho de guerra.

La Unión Soviética y los Estados Unidos lucharon en una guerra convencional contra la Alemania nazi durante la IIda Guerra Mundial. Pero esta alianza comenzó a disolverse en los años 1944 y 1945, cuando ambas partes rompieron los acuerdos obtenidos durante aquella guerra. Stalin no respetó el compromiso de realizar elecciones libres en Europa Oriental. Truman se negó a respetar sus promesas de envío de indemnizaciones desde la Alemania derrotada para ayudar a la reconstrucción de la Unión Soviética.

El periodista Walter Lippmann popularizó el término Guerra fría en un libro así titulado para referirse a la disputa que enfrentó después de 1945 a Estados Unidos y sus aliados, de un lado, y al grupo de naciones lideradas por la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), del otro y donde lo novedoso es que nunca se produjo un conflicto militar directo entre ambas superpotencias.

Retengamos el deslizamiento metonímico que se va produciendo en el intento de aprehensión de los conceptos: Una guerra sin guerra, un conflicto sin conflicto armado, donde el enfrentamiento se escenifica a través de intensas luchas políticas, económicas, diplomáticas y donde se va diluyendo la noción de otredad. ¿Quiénes son los antagonistas?¿Quién es uno y quién el otro?¿Cómo y dónde ubicarlos en el conflicto? No es casual que en este momento se produzca el apogeo del espionaje.

El espionaje es la obtención secreta de información que la fuente informativa no desea revelar. El término se puede emplear en referencia a los ámbitos militar, económico o político, pero en general se relaciona con la política exterior y de defensa. De acuerdo con el Derecho internacional el espionaje es una actividad delictiva, y suele estar tipificado como delito de especial gravedad merecedor de máximas penas, especialmente cuando afecta a la seguridad del Estado. Pese al romanticismo que le han otorgado las novelas de ficción y los medios de comunicación, -recordemos el caso del agente 007 James Bond, personaje surgido de la novela de Ian Fleming Casino Royale- el espionaje generalmente está intrínsecamente unido al engaño, el fraude y, muy comúnmente, la violencia.

Se busca reclutar a los nuevos agentes en tres áreas: la universidad, donde los estudiantes son seleccionados y formados para trabajar en estos servicios; las fuerzas armadas y la policía, medios donde ya se puede haber alcanzado algún grado de pericia en lo relativo a tales servicios; y el medio propio del espionaje, que puede proporcionar confidentes del entorno delictivo con experiencia apropiada. En un mundo donde los uniformes han dejado de caracterizar a los antagonistas, donde los nombres son sustituidos por nombres alternativos, o de guerra, -y ellos son el prolegómeno de verdaderas existencias paralelas- surge como cenit de la indiferenciación yo-otro, el agente doble, espía que simula desertar pero que, en realidad, sigue siendo leal a su país.

En medio de esta crisis de identidad asistimos al atentado terrorista a las torres gemelas, fenómeno nada nuevo si nos percatamos que desde los ’70 el mundo comenzaba a vivir una época de terror: repasamos –someramente- el asesinato de atletas israelíes en los Juegos Olímpicos de Munich en 1972 a manos de la OLP, la campaña terrorista de la banda Baader-Meinhof en Alemania occidental y la de ETA en España, el secuestro y asesinato del antiguo primer ministro italiano Aldo Moro en 1978, el secuestro de diplomáticos en la Embajada de Estados Unidos en Teherán llevado a cabo en 1979, además de innumerables secuestros de aviones.

El terrorismo tiene una motivación política y se basa en la violencia que afecta a víctimas no combatientes con lo cual se vulnera la confianza en el sistema. La confianza en el sistema presupone una legalidad a consecuencia de la cual no existe, en principio, persecusión de inocentes, de allí que tampoco se da un conflicto entre la solidaridad y la angustia ante el propio peligro. El terror radicaliza la desconfianza en la medida que desconoce la identidad de los no-combatientes; estos adquieren el mismo estatuto que los combatientes, que los uniformados -para decirlo en los términos utilizados más arriba. La angustia por la propia subsistencia crea la adaptación al último recurso estratégico del sujeto: la aceptación del fenómeno del terror. La indiferenciación entre los combatientes y los no-combatientes, lleva a otra profunda indiferenciación entre víctimas y victimarios.

Tal vez sea poco recordado pero a continuación del acto terrorista, luego de la detonación del artefacto explosivo, o del secuestro, etc. los medios de comunicación masiva se afanaban sobre la atribución del atentado, ¿a quién atribuir el acto? El intento de los medios de comunicación de masas de ubicar al sujeto responsable surge de la persecusión funcional de los culpables, demanda que no proviene justamente de los mass-media sino de los principios de derecho.

Todavía no se acallaban los ecos del derrumbe de las torres gemelas -el 11 de septiembre de 2001- cuando los azorados telespectadores nos enterábamos que el acto terrorista tenía un culpable: Osama Bin Laden. No había existido en la ocasión atribución del atentado. El juzgamiento había quedado a cargo de las cadenas de televisión, citando fuentes de la inteligencia americana.

Leo bastante seguido que los medios norteamericanos han quedado atrapados en la propaganda del gobierno de George Bush, de allí que han incurrido en autocensura y han tergiversado información embozados en una retórica patriotera que se retroalimenta de la paranoia que ellos mismos desataron.

Es importante brindar aclaraciones ya que ciertas nociones parecen haberse desplazado desde ámbitos académicos o científicos a un lenguaje cotidiano que pretende utilizarlas con el fin de darle cierto énfasis a las ideas, sucede que en el intento las palabras pierden su precisión, su tono. La palabra "paranoia" ha entrado en el circuito de la divulgación, tiene su fuerza y, por qué no, su encanto.

Pero, ¿qué dice de ella la literatura psiquiátrica? El paranoico es aquel cuya relación con otro es una reproducción de la pareja especular. En esta pareja el sí mismo y el otro son sin cesar recíprocos y reversibles. Al ubicarse frente a un espejo el sujeto encuentra su identidad en la imagen; pero esta identidad de sí mismo es, de algún modo, su otro. Inversamente, el yo que él asume en la imagen califica como otro a sus ojos y a la cenestesia que miran. Con la aparición del yo aparece también el sí mismo y el otro, ambos quedan inextricablemente vinculados, los rasgos que marcan en su origen a la pareja son el narcisismo, el transitivismo y la agresividad.

Ya hemos dicho más arriba que el paranoico es aquel que en toda relación con otro reproduce la pareja especular, tal vez por ello tantos paranoicos manifiestan una predilección por elegir como objeto de odio y persecusión -pretendidamente sufrida y de hecho ejercida- ese perfecto símbolo del otro especular que es el vecino.

No demoremos más el salto transdisciplinario desde el ámbito psiquiátrico al sociológico, salto que -tal vez- los lectores ya se hayan animado a dar. La guerra fría convirtió a la Unión Soviética y los Estados Unidos en los poderosísimos vecinos de esa vasta finca llamada mundo. Como en la paranoia de la psiquiatría, salta a la vista que la continua vigilancia que ejercieron los vecinos a través del espionaje no fue otra cosa que el respeto, la admiración y la envidia que sentían por la otredad del otro, de qué manera unos podían adelantarse a los otros, lo que –finalmente- podría volverlos demasiado diferentes.

Luego de los atentados del 11 de setiembre José Pablo Feinmann intenta rastrear los orígenes de ese conflicto. De allí que en La guerra de los mundos sostenga: "si llevamos al terreno de la filosofía política una fórmula de Jacques Lacan: el inconsciente es el discurso del Otro –podríamos sugerir que el discurso devastador del fundamentalismo islámico es el inconsciente del tecnocapitalismo y viceversa. No es casual, entonces, que el planeta se encuentre al borde de la destrucción".

¿Esto quiere decir que luego de la caída del muro de Berlín, los Estados Unidos han pasado a tener un contrincante diferente llamado en este caso –y según lo que Feinmann nos propone- fundamentalismo islámico? Si el fundamentalismo islámico es lo otro de Occidente y el tecnocapitalismo es lo otro de Oriente, estaríamos nuevamente ante un nuevo conflicto que como no deja las armas de lado empuja también a hablar de guerra.

Entendemos que algo más complejo está sucediendo con la dialéctica intersubjetiva, algo que Feinmann sospecha pero sólo aborda tangencialmente

Él sostiene que "el Occidente tecnocapitalista instauró un Saber absoluto, un Sujeto absoluto, una centralidad absoluta y una maquinaria de guerra inédita que sostenía esos poderes. Hoy, desde otra unicidad, desde otro Uno que es, simultáneamente, lo Otro de Occidente, se arremete con una eficacia devastadora lo Uno Occidental".

¿Qué significan estas nociones que Feinmann utiliza: el saber absoluto, el sujeto absoluto, lo Uno y lo Otro? El sujeto absoluto es un sujeto que -con su saber absoluto o con sus armas- intenta barrer con su otro, el otro de la pareja especular a la cual nos hemos referido, borrando así todo vestigio de otredad, de diferencia, de oposición, de inconsciente, y por ende de conflicto, instaurando así la unicidad el discurso de lo Uno que termina siendo, al fin de cuentas, sin otro.

Así como lo Uno, lo Otro también necesita algunas aclaraciones, no se trata del Otro que Lacan utiliza para referirse al lenguaje en tanto legalidad, no es tampoco lo Otro que se refiere al universo simbólico, ámbito donde los sujetos pueden llegar a confraternizar, se trata más bien de un Otro del Otro, Otro absoluto que sólo puede ser saciado con el sacrificio del sujeto otro; es decir con su desaparición.

No podemos extendernos en demasía pero las conclusiones son evidentes, las definiciones mismas de las categorías de lo Uno y lo Otro impiden sostener como lo hace Feinmann que desde lo Otro de Occidente (el fundamentalismo islámico) se agrede lo Uno Occidental. Lo Uno y lo Otro no entran en conflicto, no confrontan, no se agreden, porque justamente son categorías excluyentes.

Se nos dirá que los atentados a las torres son una realidad de la misma manera que las bombas que hoy destruyen a Irak. Justamente, estamos ante una violencia inédita y por eso debemos repasar las nociones conceptuales que estamos utilizando ya que son ellas las que luego nos conducen a errores de análisis.

Venimos tratando de entender las transformaciones que se han producido en las categorías de sujeto y otro en el devenir que se produce desde la guerra convencional hasta el terrorismo pasando por la guerra fría. En el momento del atentado a las torres los Estados Unidos se encuentran ante un acto al que no pueden atribuirle autoría; sin embargo, surge un nombre intentando suturar el abismo que se produce en la dialéctica intersubjetiva. Hemos explicado la tensión narcisista y agresiva que se produce en la paranoia entre uno y otro. En el momento del atentado terrorista ni siquiera se cuenta con ese dato.

El psicoanálisis pretende describir este momento estructural y originario de la constitución de la subjetividad. La ciencia no se lo ha perdonado, dijeron que un discurso acerca de los orígenes sólo podía ser puesto en palabras por la religión y la mitología. La realidad de una praxis que exigía poder teorizar, la locura e, inclusive, la muerte empujó al psicoanálisis a buscar una respuesta en los orígenes de la subjetividad, aunque el costo fuera la pérdida de la cientificidad. Hoy tal vez sea necesario otorgarle cientificidad al terrorismo para tratar de entender cómo está operando y dónde conduce el destino de la humanidad.

El atentado terrorista es sin otro porque justamente desde su punto de vista estratégico, el terrorismo apunta a vulnerar un momento muy originario de la constitución de la subjetivdad. Como el atentado terrorista es sin otro y eso es impensable se trona necesario atribuirle el acto a alguien. Entonces los servicios de inteligencia son concluyentes a la hora de indicar de quién será la responsabilidad final. Esa certeza acerca de quién victimiza pretende ser paranoica en la medida que intenta depositar en el vecino la responsabilidad del acto; pero termina siendo delirante ya que la débil cadena argumentativa acerca de "quién fue" puede desembocar tanto en Osama Bin Laden como en el mismo gobierno norteamericano deseoso de encontrar un motivo que justificara el emprendimiento de una nueva guerra.

En otro artículo que apareció en el suplemento Radar de Página / 12, el del 23 de marzo del corriente año, su autora Mariana Enriquez- comenta el escalofriante documental sobre el furor armamentista norteamericano: Bowling for Columbine. La película interroga vanamente qué es lo que le pasa a EE.UU. ¿Por qué los ciudadanos del país más rico del mundo guardan fusiles automáticos en sus casas? Los investigadores, las víctimas y casi todos los norteamericanos se afanan por encontrarle explicación a los asesinatos cometidos por dos adolescentes de la secundaria Columbine de Littletone, Colorado. Dice la autora que hoy casi cuatro años después de los asesinatos la falta de una respuesta acerca del porqué angustia a los norteamericanos y por eso el caso Columbine es tan adecuado como paradigmático para el documental de su director: porque en ese microcosmo escolar se refleja lo que sucede en el país a gran escala.

En su ciudad natal, Michael Moore –el director del documental- entrevista a los integrantes de una milicia, civiles que aprenden a usar armas desde su más temprana edad y entrenan como marines en los bosques linderos a sus cómodas casas suburbanas. "Como norteamericanos es nuestro deber defendernos" –dice uno de ellos, de profesión agente inmobiliario. "¿Defenderse de qué?" –pregunta el director. "De todo" –contesta. Como se puede evaluar, también en este caso ha desaparecido el antagonista, no se sabe contra quién se pelea.

El acto terrorista se produce en un momento de la dialéctica intersubjetiva donde ni siquiera se ha instaurado la pareja especular propia de la paranoia. Se hace muy difícil entonces hablar de paridad, de agresividad, de conflicto; inclusive de guerra. Hasta los actos que emprende el Estado adquieren tal desproporción que no pueden ser catalogados como guerras, se trata de una noción sobre la que los argentinos podríamos decir bastante al respecto: el terrorismo de Estado. Si se analiza con cuidado la invasión aliada a Irak se llegará a la conclusión que ésta ha adquirido verdaderos ribetes de una acción de terrorista de Estado. Los norteamericanos se han quedado solos, el resto de la humanidad somos solamente humanoides

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